La Navidad: El fin del sacrificio y el despertar de la unidad
Cuando el invierno cubre la tierra y las luces se encienden, muchos piensan que la Navidad celebra el nacimiento de alguien fuera de nosotros. Pero el verdadero nacimiento ocurre dentro. Es el despertar de lo que nunca estuvo ausente: la presencia viva del amor.
Durante mucho tiempo hemos creído que amar implica sacrificio. Que para dar debemos perder algo. Que la pureza exige renuncia, y la unión, sufrimiento. Pero el sacrificio no es amor; es miedo vestido de virtud. Es el intento del ego por obtener valor a través del dolor.
El amor, en cambio, no exige nada. No pide ofrendas ni pruebas. Es completo, y por eso no necesita ser defendido. Cuando comprendemos esto, el sacrificio se desvanece como un sueño al amanecer. La luz entra sin esfuerzo cuando ya no queremos proteger la oscuridad.
La estrella interior
El símbolo de la Navidad es una Luz. Muchos la buscan en el cielo, pero el sabio la contempla en su interior. Es la luz que disipa el pensamiento de separación. No brilla para guiarnos hacia un lugar, sino para recordarnos quiénes somos.
Cristo no una figura externa, sino la conciencia de unidad llega sin exigir nada. Su presencia borra toda idea de pérdida. Él es el huésped que ya habita en ti, esperando ser reconocido. No hay que hacer sacrificios para recibirlo, sólo dejar de oponerse a Su amor.
Entrega y sanación
En esta Navidad, entrégale al Espíritu Santo o a la conciencia, si prefieres ese nombre todo lo que aún duele, entera los pensamientos de odio, rechazo o tristeza. No porque debas pagar con ello, sino porque ya no necesitas cargarlo. Lo que entregas se transforma, y en esa transformación participamos todos.
Cada herida que se sana en ti libera al mundo un poco más. Cada juicio que sueltas acerca la paz. En la unión no hay sacrificio, sólo reconocimiento: somos uno, y el amor que damos nos pertenece.
Del cuerpo a la mente, del miedo al amor
Mientras creas que eres sólo un cuerpo, verás separación y pérdida. Pensarás que debes defenderte, competir, o incluso sacrificarte para sobrevivir. Pero cuando recuerdas que eres mente conciencia, espíritu, presencia comprendes que nada puede realmente serte quitado.
El cuerpo puede parecer limitado, pero la comunicación del amor no lo es. Esa comunicación es eterna. No depende del tiempo, ni de la forma. Por eso, el verdadero nacimiento de Cristo es el renacimiento del amor en la mente que recuerda su inocencia.
La alegría del no-sacrificio
No permitas que la desesperanza empañe esta hora santa. La alegría no es un lujo espiritual; es el signo de que has recordado la verdad. No hay falta, no hay deuda, no hay pérdida.
El regalo de la Navidad es simple: saber que no careces de nada. Desde esa plenitud puedes amar sin miedo, porque no necesitas proteger lo que ya es eterno.
El nuevo comienzo
Al iniciar un nuevo año, no busques que las cosas cambien. Busca ver que todo es lo mismo: una sola vida, un solo amor, una sola mente.
Dile a tu hermano, en silencio o en voz alta:
“Te entrego al Espíritu Santo como parte de mí. No quiero aprisionarte con mis juicios, sino liberarte junto a mí.”
Así comienza el verdadero año nuevo: cuando dejamos de repetir el pasado y nos unimos en el presente eterno.
Que esta Navidad no sea una celebración externa, sino el reconocimiento de la luz que ya eres.
Haz que este año sea diferente, haciendo que todo sea Uno.
Amén.

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